jueves, 3 de abril de 2025

Sinfonía en tres movimientos, de Stravinsky: discografía comparada

La Wikipedia, aunque en inglés, deja ciertas cosas bien claras (enlace al texto original):

Stravinsky, que rara vez reconocía inspiraciones extramusicales para su música, se refirió a la composición como su "sinfonía de guerra". Afirmó que la sinfonía era una respuesta directa a los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial tanto en Europa como en Asia. El primer movimiento se inspira en un documental sobre las tácticas japonesas de tierra quemada en China. El tercer movimiento trata de imágenes de soldados alemanes haciendo el paso de la oca y del creciente éxito de las fuerzas aliadas.

El material procede de proyectos que Stravinsky había abandonado o reorganizado. La presencia del piano en el primer movimiento procede de un concierto para piano que quedó incompleto. La música para arpa ocupa un lugar destacado en el segundo movimiento, utilizando temas que había escrito para la adaptación cinematográfica de la novela de Franz Werfel La canción de Bernadette. En un principio, se contactó informalmente con Stravinsky para escribir la partitura de la película. El 15 de febrero de 1943 comenzó a escribir la música para la escena de la "Aparición de la Virgen". Sin embargo, nunca se firmó un contrato con él y el proyecto fue a parar a Alfred Newman, que ganó un Oscar. El tercer movimiento une los dos primeros dando el mismo protagonismo al piano y al arpa.
El asunto tiene su miga. ¿No era Stravinsky ese mismo que dijo que la música no significa nada? El paralelismo con Pablo Picasso, más allá de las relaciones artísticas entre ambos, me parece evidente: los dos exploraron formas al margen de cualquier significación, pero cuando llegaron los tiempos de guerra no dudaron en recurrir a las fórmulas que ellos mismos habían contribuido a desarrollar para ponerlas al servicio de la expresión, e incluso descripción. Dicho esto, nada malo hay en probar diferentes ópticas interpretativas. Todo lo contrario, porque las relaciones que se pueden establecer son múltiples y solo con una riqueza de enfoques se puede apreciar todo lo que esta partitura estrenada en 1946 por el propio artista alberga en su interior.

  1. Stravinsky/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1946). Esta grabación tiene un enorme valor documental. Primero, por corresponderse con la fecha y los intérpretes del estreno. Segundo, porque deja muy claro que el compositor, por mucho que dijese que la interpretación no existe, no quiere una recreación analítica ni distante, sino abiertamente comprometida: la aspereza, la rabia, el desgarro e incluso la brutalidad se ponen por delante de cualquier otra consideración. Así las cosas, ¿tenemos derecho a pedir acercamientos más ajenos a las circunstancias históricas que vieron nacer estas notas? Creo que sí. (7)




  2. Stravinsky/Sinfónica de Columbia (Sony, 1961). Esta nueva recreación del propio compositor es muy preferible a la anterior, no solo porque suena muchísimo mejor y alcanza una mayor depuración en la puesta en sonidos –aun así, ninguna maravilla-, sino porque suaviza hasta cierto punto la innecesaria violencia extrema de entonces para dar cabida al misterio, e incluso al lirismo que la música alberga. Sigue primando el expresionismo, pero parece evidente que existen otros caminos que explorar. (9)




  3. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1962). No deja de resultar una paradoja que la versión de Klemperer sea más stravinskiana que las del propio Stravinsky. Entiéndase con ello que es menos inmediata y visceral, más distanciada. También considerablemente más intelectual, y al mismo tiempo –no es contradicción– más irónica y con mayor retranca. Pero no por eso le faltan precisamente (¡todo lo contrario!) tensión interna, vigor rítmico y carácter opresivo. En cualquier caso, lo más digno de admiración es la manera en la que el de Breslau disecciona el entramado de la partitura, en la que individualiza y colorea de manera expresiva cada una de las líneas, poniendo de relieve mejor que nadie –antes y después de él– la magistral escritura de esta página. A destacar muy especialmente lo que hace con el Andante, en el que con la complicidad de las inigualables maderas de la Philharmonia destila una mezcla de sensualidad y de espiritualidad inquietante que en cierto modo nos acerca a La canción de Bernadette sin hacer la menor concesión a lo naif. Muy buen reprocesado el de 2023, aunque resta un poco de distorsión. (10)



  4. Dutoit/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1981). Tratándose de Dutoit en Stravinsky, tenemos garantizadas gran factura técnica –aunque ejecuciones mejor clarificadas se han escuchado– y apreciable implicación expresiva, lejos de esa solvencia un tanto rutinaria con que se acerca a otros repertorios. Lo interesante es que en esta obra aporta algo distinto: la conexión francesa. Sí, algo –o mucho– debió de quedarle a Igor de sus experiencias parisinas, y eso lo pone de relieve la batuta en una recreación especialmente ágil –apreciable efervescencia en el movimiento conclusivo–, delicada en muchos momentos, de enorme refinamiento tímbrico y hasta con su punto de levedad bien entendida, sin por ello desatender, porque los contrastes se encuentran muy bien marcados, a los que esta música tiene de tensión dramática. Una toma sensacional hace aún más atractivo el resultado. (9)



  5. Bernstein/Filarmónica de Israel (DG, 1982). Extraño: ni la orquesta ni Lenny están, en este concierto en vivo muy bien grabado por los ingenieros del sello amarillo, muy allá en lo puramente técnico: se echan de menos tanto limpieza en las texturas como nervio interno. En este sentido, los movimientos extremos resultan un poco deslavazados, o al menos carentes de esa garra que han alcanzado con otros maestros, si bien no vamos a regatearle a Bernstein un excelente tratamiento expresivo de las maderas. Lo del Andante es más grave: siendo muy interesante que la batuta explore atmósferas y subraye la vertiente lírica de la página, el desenfoque estilístico es evidente y por momentos se roza la blandura. (7)



  6. Colin Davis/Sinfónica de la Radio de Baviera (Philips, 1985). Puede parecer un tópico, pero es la verdad: el maestro británico renuncia a una visión expresionista de la página para mirar hacia la etapa neoclásica el compositor. No por ello ofrece una lectura domesticada o escasa de nervio, en modo alguno, pero sí que intenta sacar a flote lo que en esta música hay de elegancia, de espiritualidad e incluso de vuelo lírico. Y no solo en el segundo movimiento: algunas frases del primero resultan reveladoras. Por lo demás, el trabajo lo realiza con apreciable sentido del ritmo y trabajando con pinceles finos para desmenuzar todas y cada una de las líneas del entramado orquestal, como si fuera un “Boulez con corazón”. Una pena que la orquesta, rindiendo a buen nivel, no se encuentre a la altura de las más grandes que han abordado la página. (9)




  7. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Nimbus, 1987). Interpretación algo lenta, muy atmosférica, sensual en el segundo movimiento y de un humor no solo socarrón, sino también agrio. Flojea el primer movimiento, que necesita mayor nervio y tensión interna, pero globalmente interesa. La toma sonora, de volumen bajísimo, es algo difusa. (8)




  8. Salonen/Orquesta Philharmonia (Sony, 1989). Va con prisas el maestro finlandés. No por ello deja de atender a la limpieza y claridad de ejecución, cosa fácil por la conjunción entre una técnica de batuta admirable y una orquesta que sigue teniendo unas maderas portentosas, pero sí que es cierto que no se preocupa mucho de atmósferas, poesía o espiritualidad. La suya es una interpretación muy afilada en lo sonoro y efervescente, bulliciosa a más en poder en su desarrollo horizontal, nerviosa en no pequeña medida y dotada de una mezcla de ironía y carácter implacable muy atractiva. Quien busque desgarro dramático, no lo encontrará aquí. (8)



  9. Tilson Thomas/Sinfónica de Londres (Sony, 1991). Vista desde la distancia, la interpretación de Tilson Thomas parece una síntesis entre las hasta aquí reseñadas, añadiendo un punto de espiritualidad y candidez en el segundo movimiento que nos recuerda que esa música tuvo su origen en la banda sonora que iba a realizar para el filme La canción de Bernardette. Todo ello lo consigue el maestro con el lenguaje más apropiado y una espontaneidad que niega el carácter intelectual que muchos han querido ver en la música stravinskiana. (9)



  10. Ashkenazy/Sinfónica de la Radio de Berlín (Decca, 1991). Extremadamente irregular en su trayectoria como director de orquesta, el de Gorki aquí se arriesga, y acierta por completo, al ofrecer una recreación retorcida y feísta, cargada de atmósfera siniestra y malos presagios, un poco a la manera del propio Stravinsky, solo que haciendo gala de una depuración sonora muchísimo mayor. Ni siquiera baja la guardia en el segundo movimiento, que destila mucha sensualidad pero no deja de atender a los pliegues irónicos e inquietantes que alberga. En el tercero, grotesco a más no poder, resulta más fácil que nunca imaginar a los nazis desfilando al paso de la oca. Una toma sonora absolutamente portentosa –tremenda la percusión, muy presente el piano, transparencia total– termina convirtiendo este registro en uno de los más recomendables de la discografía. (9)


  11. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1993). Vigor rítmico, incisividad en la tímbrica y en el fraseo, transparencia, electricidad muy controlada y una extraordinaria inmediatez expresiva son las conocidas virtudes de un Sir Georg, y estas resultan sencillamente las ideales para interpretar la Sinfonía en tres movimientos, que recibe aquí una lectura tan expresiva como ajena a cualquier devaneo más o menos “romántico”, amén de expuesta por batuta y orquesta con un virtuosismo superlativo. Podrán preferirse enfoques más “espirituales” en el segundo movimiento –pienso en la recreación de Boulez con la misma orquesta–, pero es difícil resistirse ante la garra de Solti en los dos extremos. Lástima que la toma sonora, realizada a volumen muy bajo, sea un poco extraña aun dentro de una incuestionable calidad. (10)




  12. Boulez/Filarmónica de Berlín (DG, 1996). ¿Considera usted que esta partitura es música y solo música? He aquí su interpretación de referencia: objetividad, distanciamiento expresivo y el más depurado análisis se imponen por encima de otras consideraciones, sin por ello renunciar al sentido del ritmo ni a las aristas sonoras que esta música demanda. Ahora bien, los movimientos extremos carecen de esa electricidad, esa inmediatez y esa rusticidad bien entendida que algunos –o muchos– asociamos a esta página, mientras que el segundo, antes que distendido, se encuentra lleno de interrogantes. (8)



  13. Gielen/Sinfónica de la SWR (Hänssler, 2003). Consciente de que no tiene delante a la mejor orquesta del orbe, el maestro austriaco se lanza en plancha a realizar un exhaustivo trabajo técnico en el que todas las líneas queden perfectamente definidas, la orquesta frasee con el ritmo en los huesos y cada una de las intervenciones solistas ofrezca tanta intensidad con intención expresiva. Lo consigue plenamente, y además añade una buena dosis de incisividad y gran tensión interna sin necesitar por ello escorarse hacia lo virulento ni de renunciar a un cierto carácter de abstracción que, paradójicamente, esta música salida de imágenes cinematográficas muy concretas, parece demandar. ¡Qué enorme sabiduría la de Gielen, además de técnica, a la hora de enfrentarse a este repertorio! La toma es excelente. (9)



  14. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2007). El maestro británico siempre evitó ofrecer un Stravinsky distante e intelectualizado. Tampoco se interesó de manera especial por los aspectos más ásperos de su escritura. Por eso mismo su recreación, aun desplegando un formidable sentido del ritmo, lo que ofrece es una perfecta mezcla entre frescura, garra y sensualidad, de tal modo que la partitura suena con una enorme inmediatez expresiva. (9)



  15. Rattle/Filarmónica de Berlín (DVD y Blu-ray Euroarts, 1 mayo 2008). Sir Simon repite, esta vez en la Gran Sala del Conservatorio de Moscú, una lectura fresca, juvenil y llena de vitalidad que, sin renunciar a lo dramático, desprende chispa, jovial sentido del humor y ganas de vivir. En cualquier caso, lo que llama la atención es la sensualidad, el misterio e incluso el lirismo que es capaz de extraer en el Andante. El portentoso nivel de los solistas berlineses tiene mucho que ver con el resultado. (9)




  16. Boulez/Sinfónica de Chicago (CSO, 2009). Trece años han pasado desde su registro para DG. Sorprendentemente en un director que no cambió mucho en última la etapa de su trayectoria, el concepto ahora ha variado. La circunstancia se aprecia ya desde los primeros compases, en los que los metales intervienen con mayor fuerza y agresividad. Poco a poco se percibe que la idea general de Boulez sigue ahí, como también su incomparable talento para desmenuzar los pentagramas, pero asimismo se aprecia que la tensión interna es mayor, el tono general más sombrío y la expresión menos distante, dado cierto paso –sin llegar a ser Klemperer, claro está– a la aspereza y la ironía. De incluso la impresión de que el Andante, aun sin optar bajo ningún concepto por una espiritualidad cándida, parece más efusivo. ¿Se dejó llevar el maestro por la idea de que, en el fondo, esta música sí que significa algo? Podría ser, aunque también puede tratarse de unos chicagoers que tocan menos cohibidos, con mayor descaro e implicación que sus compañeros berlineses, como si quisieran recordar los tiempos con Solti. La toma posee unos graves de impresión, pero resulta –como la anterior– un poquito turbia. (9)




  17. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO Live, 2009). Aunque no haga uso precisamente de pinceles finos, aquí hay que apreciar cómo Gergiev sabe ofrecer rusticidad bien entendida, energía y sentido del ritmo dentro de una lectura que mira en gran medida hacia Le Sacre, teniendo en cuenta no solo la brutalidad sonora sino también la atmósfera turbulenta y el carácter opresivo de su genial ballet. Lástima que la toma sonora resulte más bien opaca. (8)



  18. Tilson Thomas/New World Symphony (YouTube, 2018). Al frente de una espléndida orquesta de jóvenes, un MTT que acababa de cumplir los setenta y tres vuelve a ofrecer su admirable lectura “de síntesis” en la que, aun sin ninguna genialidad por su parte, logra destilar y equilibrar lo que de dramático, sensual, lúdico, poético, irónico y desgarrador –de todo ello hay– se esconde en esta música haciendo gala de una frescura y una inmediatez irresistibles, siempre dentro del más irreprochable estilo. Asombrosa imagen 4K, sonido sensacional y disponibilidad gratuita en YouTube. ¿Qué más se puede pedir? (9)



  19. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Blu-ray y Digital Concert Hall, 2020). El virtuosismo supremo tanto de orquesta como director permite alcanzar un nivel superlativo en lo que a claridad y depuración sonora se refiere. Interpretativamente la cosa no funciona muy bien, porque por una vez Petrenko se aparta de su tendencia a suavizar la música, o al menos a reducirla en cafeína, y ofrece una recreación acertadamente angulosa e incisiva, irreprochable en su vigor rítmico, amén de atenta a los aspectos tanto melódicos como espirituales de esta música tan poliédrica. Dicho esto, la comparación con lo que otros compañeros han logrado extraer de los pentagramas pone en evidencia ciertas limitaciones por parte del maestro ruso: no es que quiera mantener el mismo distanciamiento que Boulez adoptara con la misma orquesta, sino que se queda algo corto a la hora de comunicar. Se puede ser más electrizante, también más sensual misterioso, y sin duda ofrecer una dosis mayor de mala leche. O quizá falte, sencillamente, una idea expresiva más clara detrás de la ejecución. (9)



  20. Hannigan/Filarmónica de la Radio de Francia (YouTube, 2024). Cortesía de Radio France nos llega, con soberbia calidad visual, esta filmación para lucimiento de su orquesta. Objetivo no logrado: siendo una muy buena formación, queda a distancia de las grandísimas orquestas que han tocado esta música tan necesitada del más extremo virtuosismo y de no poca implicación expresiva. Tampoco Barbara Hannigan parece poseer la técnica más depurada a la hora de sacar partido de los medios a su disposición, menos aún a la hora de poner matices. Dicho esto, la por tantas cosas extraordinaria soprano acierta completamente en el estilo de Stravinsky, al tiempo que se muestra certera a la hora de explorar en subtexto. No se distancia en exceso, pero tampoco quiere forzar nada: en los dos primeros movimientos deja que la música fluya por sí misma, con naturalidad y holgura –bien cantado el Andante–, mientras que en el tercero, aun sin conseguir la máxima electricidad en la recta final, se muestra bastante más dramática e intensa que otras figuras de la dirección más reputadas. (8)

 

martes, 1 de abril de 2025

La Philharmonia, Santtu y Perianes en el Maestranza: Finis Gloriae Mundi

De la mano de su titular Santtu-Matias Rouvali ha llegado la Philharmonia Orchestra al Teatro de la Maestranza por tercera vez, después de las visitas con Giuseppe Sinopoli en 1993 y con Pedro Halffter en 2005. Hay que recordarlo: la orquesta de Karajan, Klemperer, Muti, Dohnányi y Salonen. La orquesta de multitud de grabaciones de referencia que atesoramos los discófilos. Una de las grandes europeas. Es necesario traerlo otra vez a la memoria porque llega en medio de la total indiferencia por parte de la prensa local, para la que semejante acontecimiento no parece motivo de celebración. Le estimula mucho más, con diferencia, el Festival de Música Antigua, o que la Orquesta de Cámara de Bormujos se pase a la kale barroka, esto es, a las maneras “históricamente informadas” del non-vibrato y del ñic-ñic non stop. Para eso, todos los parabienes habidos y por haber, a veces publicando su reseña en dos y hasta en tres (!) medios diferentes. No hay que extrañarse: son los mismos medios que mostraban su rechazo a que tuviéramos todos los años a uno de los más grandes músicos del último medio siglo, un tal Daniel Barenboim, o que reclamaban en tiempos del citado Halffter “menos cosas raras” (por lo del repertorio del primer tercio del XX) “y más zarzuela”. Me refiero a Diario de Sevilla y ABC respectivamente, por si alguien no capta “la indirecta”. Lo peor de todo es que el desinterés parece ser compartido por el público, que abarrotó las tres funciones de La Verbena de la Paloma y se dio tortas para escuchar a Anna Netrebko, pero que dejó a medio llenar a la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig, a Ismael Jordi y a una Philharmonia que, por si fuera poco, ha venido con otra gloria local: Javier Perianes. ¿De verdad que por ser de Nerva hay gente que no se ha enterado de que es uno de los mejores pianistas del mundo? Alucinante. 

El Maestranza ha hecho muy bien en recuperar las grandes orquestas: no puede haber teatro con ciertas aspiraciones que no cuente de vez en cuando con alguna formación de primera fila, al igual que debe hacer producciones propias de ópera o recuperar patrimonio musical local con independencia de su calidad. Pero a nadie se le escapa que después de estas calvas en el patio de butacas el proyecto está condenado a su desaparición.

Me decía un amigo que al público no hay que reprocharle nada, que va a lo que quiere. Cierto. Que la crisis se da a nivel mundial. Pues también. Pero no es menos verdad que se podría hacer una labor de promoción que no se hace. Porque a algunos no les da la real gana, habría que añadir. ¿Acaso no es noticia que una orquesta de semejante categoría visite Sevilla? Y si no es ni mucho menos tan popular como la Wiener Philharmoniker o Ana Netrebko, ¿no habría que explicarle al previamente al personal que estamos ante algo de muchísimo interés o calidad? Parece que no. Y eso puede conducir –va a conducir: son los tiempos de la motosierra de Trump y Milei– al triunfo del pensamiento reaccionario. Si algo no interesa, las instituciones públicas no tienen por qué ofrecerlo. Quien quiera exquisiteces, que se las pague, y si no puede, que se conforme con escuchar los discos. No, no es broma: esto último se lo he leído a un crítico local. Abandonad toda esperanza, diríamos si nos pusiésemos en plan Dante, aunque como el Hospital de la Caridad está justo detrás del Maestranza (¡ahí sí que está el gran Barroco sevillano!), mejor lo hacemos a la manera de Miguel de Mañara: Finis Gloriae Mundi. En fin, vamos al concierto.

Más o menos se sabía como iba a estar, porque hay testimonios fonográficos. Ya he comentado aquí cómo Javier Perianes se enfrenta al Concierto para piano nº 5, Egipcio, de Camille Saint-Saëns, a raíz de una pequeña comparativa discográfica que me ha permitido apreciar cuál es el peligro a la hora de interpretar esta música: trivializarla con un fraseo en exceso nervioso, toque en exceso aéreo y carácter excesivamente lúdico. Nuestro artista evita los tres, porque su toque sabe no perder densidad armónica y su discurso horizontal posee una concentración asombrosa, aunque debo advertir ahora que no ha sido “muy Perianes” al abordarlo. Más bien me ha recordado –nadie se escandalice por la comparación, el onubense es uno de los grandes– las maneras de hacer de Arthur Rubinstein, lo que implica una interesantísima mezcla entre elegancia, fuego tan intenso como controlado y hedonismo a la hora de gozar de melodías y colores. Combinación difícil, casi cuadratura del círculo, pero factible. ¿Un Saint-Saëns señorial? Algo así. Virilidad no reñida con delicadeza, intensidad alejada de los fuegos artificiales, hondura sin intención de perder la luminosidad del discurso, delectación melódica que sabe no ceder al narcisismo… y mucha, mucha belleza sonora. Todo ello servido con un toque particularmente variado y expuesto –puede haber alguna nota falsa, eso no alcanza la menos significación– con una facilidad insultante, como si se estuviera paseando por las teclas del piano. A veces al pianista miraba al patio de butacas con cara extraña, como si algo le inquietara, pero lo que allí se escuchaba trasmitía un enorme placer por hacer música, amén de una palpitación vital (¡qué tercer movimiento más sanguíneo!) fuera de lo común. Orquesta y director hicieron un trabajo no genial –en algún momento el piano tapó determinadas líneas de las maderas–, pero sí de alto nivel.


Tampoco el onubense fue “muy Perianes” en la primera propina, una Danza del fuego discutible, reveladora y quizá genial en la que dejó a un lado evocaciones atmosférica y subrayó con valentía ritmos y angulosidades –toque macizo, sin llegar a lo percutivo– para mirar cara a cara al universo de Bartók. En la segunda y última sí que fue él mismo: el célebre Nocturno de las Piezas líricas de Grieg. Ni a Gilels ni a Gavrilov, referencias en este repertorio, se lo he escuchado con semejante grado de inspiración. Pura magia sonora en la que una increíble capacidad para regular el sonido del instrumento se unía a una concentración que le permitía mantener las tensiones a pesar de la lentitud del tempo escogido. Un prodigio irrepetible.

Suite de El pájaro de fuego en la segunda parte. Versión 1945, habría que puntualizar: orquestación aligerada –y más barata–, inclusión del maravilloso pasaje del juego de las princesas con las manzanas de oro y acordes finales de la sección conclusiva muy recortados. El maestro finlandés ofreció lo mismo que en el disco aquí comentado, esto es, una de las posibles visiones de esta partitura particularmente poliédrica. Ni el romanticismo denso y voluptuoso de Colin Davis, ni el sentido narrativo del más temprano Ozawa, ni la electricidad del Boulez de los setenta. Menos aún la seca violencia del propio Igor Stravinsky. Santtu –con su nombre de pila le promociona la orquesta– miró al universo impresionista con una pincelada particularmente ligera y ágil mediante la cual las angulosidades de la escritura se transformaban en elegantísimas curvas, el tejido se aclaraba y la interpretación perdía carácter teatral para convertirse en un exquisito estudio de timbres y texturas. Fue una recreación aérea –por fortuna no excesivamente leve–, muy bella y en cierto modo abstracta que, efectivamente, miró al Impresionismo, pero entendiendo ese estilo no como evocación de atmósferas más o menos sensuales y misteriosas, sino como indagación en las cualidades expresivas de la pincelada, muy mirando hacia el futuro. Ya saben, lo que Boulez hacía cuando dirigía a Debussy y a Ravel pensando en sus propias Notations. No, no es casualidad de que a quien más me recordara ayer Santtu recreando El pájaro fuera al Boulez de su colaboración con Chicago.

Primera propina en la misma línea: esa tontería maravillosa que es la Circus Polka del propio Stravinsky en interpretación nuevamente refinadísima, delineada de manera meridiana, muchísimo más elegante que propiamente circense, en la que el juego virtuosístico de ritmos y colores quedaba maravillosamente expuesto. Todo un lucimiento, para eso la tocaron, por parte de metales y percusión de la orquesta londinense. Las maderas, siendo de calidad, me gustaron un poco menos a lo largo del concierto. ¿Y la cuerda? Para ella fue la segunda propina, una Danza húngara nº 1 de Brahms que, con independencia de determinadas decisiones de la batuta, nos hizo disfrutar de un empaste, una tersura y una redondez que nos dejó maravillados. Disfrutemos de lo escuchado: puede que tardemos lustros en escuchar una máquina de hacer música de semejante categoría en el Maestranza.

Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza

domingo, 30 de marzo de 2025

Concierto para piano nº 5 , Egipcio, de Saint-Saëns: discografía comparada

Mañana lunes comienza Javier Perianes una gira con la Orquesta Philharmonia que en la que ha decidido tocar el Concierto para piano nº 5 , Egipcio, de Camille Saint-Saëns. Buena excusa para hacer una pequeña discografía comparada. ¿Realmente es necesario poner a unos frente a otros? ¿No se puede disfrutar de cada propuesta de manera aislada? Creo que no. Al fin y al cabo, cada interpretación musical no es sino una exploración, una propuesta de visión de una realidad inaprensible que solo se materializa cada vez que se la hace sonar, pero que siempre suena distinta. Cada lectura es una aproximación necesariamente parcial cuya naturaleza solo se pone de relieve comparándola con otras aproximaciones no menos parciales. Concretando: por mucho que, en este caso concreto, la grabación de Sviatoslav Richter con Christoph Eschenbach le parezca a un servidor la más profunda y emotiva de todas, sería erróneo monumental pensar que con ella basta y sobra. Solo una aproximación plural nos puede ofrecer una visión no del todo inexacta de la realidad. De cualquier realidad, dicho sea de paso.


  1. Richter. Kondrashin/Orquesta Juvenil de Moscú (varios sellos, 1952). Increíble que el pianista que más ha acertado con esta obra sea el que un melómano cualquiera menos hubiera identificado con Saint-Saëns: Sviatoslav Richter. Ni su toque “duro” de pura escuela soviética –o rusa, o como ustedes la quieran calificar– ni su temperamento escarpado, dramático y por completo alejado de cualquier concesión a la galería son a priori adecuados para el repertorio francés. Su acierto, sin embargo, es grande, por paradójico que resulte… o quizá precisamente por eso. Porque lo que hace el ucraniano es limpiar de polvo y paja la partitura, obviar lo que tiene de decorativo y quedarse con la esencia emocional de las notas, que plasma con asombrosa limpieza digital, perfecto cálculo de las tensiones, cantabilidad plena sin que ello signifique narcisismo y mucha, muchísima pasión. Justo la que inyecta un Kondrashin que tampoco quiere saber nada del estilo, pero que llena la música de entusiasmo y no deja de atender a los pliegues del segundo movimiento, cuyo final sabe ver siniestro. Por lo demás, excelente rendimiento el que obtiene de la orquesta de jóvenes. Mucho ojo con el streaming: circulan versiones del registro que presentan grandes desigualdades técnicas entre sí. (9)



  2. Rogé. Dutoit/Royal Philharmonic (Decca, 1978). El maestro suizo nos ofrece la interpretación francesa por excelencia: delicada en el mejor de los sentidos, elegantísima, muy sensual y con un apreciable punto de ligereza tanto sonora como expresiva, lo que puede gustar más o menos pero, desde el punto de vista estilístico, resulta irreprochable. Junto a él, un joven Pascal Rogé se muestra muy sensato y sensible, alejado por completo del mero virtuosismo aunque tampoco, todo hay que decirlo, especialmente limpio en el toque ni variado en la expresión. A destacar, en cualquier caso, el sabor siniestro que los dos músicos son capaces de extraer del segundo movimiento, así como el vigor que –al contrario que en el inicial– quieren aportar al último. Espléndida la orquesta, muy bien modelada por la batuta y estupendamente grabada por los ingenieros de Decca. (8)



  3. Collard. Previn/Royal Philharmonic (EMI, 1986). De nuevo la RPO, aun mucho menos bien grabada que ocho años atrás, se muestra como un instrumento virtuosístico, dúctil y muy apropiado para esta página, aunque en esta ocasión bajo la batuta de un Previn que consigue esa dificilísima cuadratura del círculo que necesita el repertorio francés de entresiglos: con él hay delicadeza, ensoñación, melancolía y hasta cierto carácter alado cuando es necesario, pero también vigor, tensiones y sentidos de los contrastes, consiguiendo así una lectura más equilibrada, convincente y emotiva que la de Dutoit. Jean-Philippe Collard, sin ser Richter, hace gala de una agilidad formidable, gran sensibilidad para la poesía y apasionamiento bien controlado, convirtiéndose a la postre en uno de los más irreprochables intérpretes de la página. (9)



  4. Richter. Eschenbach/Sinfónica de la Radio de Stuttgart (Hänssler, 1993). Un milagro. Cuarenta y un años después del ya comentado testimonio con Kondrashin, el pianista ucraniano deja en mantillas su propia recreación y vuela muy por encima de cualquier otro pianista –de antes y de después– con una recreación que sigue manteniendo el rigor y el carácter dramático que caracterizan su arte, pero que añade una dosis muy considerable de cantabilidad, de humanismo, de sensualidad e incluso de delicadeza bien entendida, corrigiendo frases que antaño le quedaban algo mecánica y ofreciendo aquí y allá detalles de sutilísima poesía que, alejadas por completo de la trivialidad o el mero hedonismo, nos descubren las muchas bellezas ocultas en esta partitura. Le ayudan los tempi lentos de un Eschenbach que comparte el enfoque íntimo y recogido del solista, dirige con trazo fino y apuesta por el perfume atmosférico y vagamente impresionista –con toques orientalizantes– de una obra que no en balde se escribió en 1896, pero sin que el carácter difuminado de la pincelada signifique ausencia de claridad. Todo lo contrario: la manera en que desmenuza esta música no se le ha escuchado a ningún otro director, como tampoco su efusividad en el canto melódico. A destacar el toque de amargor en la conclusión del segundo movimiento. En el tercero se pueden echar de menos la chispa y el optimismo vital de otros maestros, pero a cambio su mirada otoñal destila una ternura y emotividad insólitas. Una lástima que la toma, correspondiente a un evento que tuvo lugar el 30 de mayo de 1995 en el que también se ofreció el Concierto en fa de Gershwin (¡qué cosas!), no sea ninguna maravilla. (10)



  5. Thibaudet. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, 2011). Esta filmación puede gustar mucho –a mí me entusiasmó en su momento- por la vitalidad de su concepto y la inmediatez expresiva de su realización, pero si comparamos con otros registros de pueden poner reparos. Estos no van dirigidos al por entonces aún joven Andris Nelsons, quien sin necesidad de bucear en pliegues expresivos realiza una asombrosa labor de reivindicación de la floja partitura poniendo al servicio de la misma no solo una irreprochable técnica de batuta con la que materializar sus creativas ideas, sino también una gran dosis de intensidad, fuerza y entusiasmo que se evidencia con claridad en el muy expresivo rostro del maestro, pero también en la manera de paladear con voluptuosidad las melodías y ofrecer una verdadera orgía de colores –rutilante la orquesta– sin perder de vista la elegancia y el peculiar sentido del equilibrio que este repertorio demanda. El problema está en Jean-Yves Thibaudet: su toque es de enorme limpieza, posee enorme técnica a la hora de modelar el sonido y sabe ofrecer toda esa particular delicadeza que el repertorio francés demanda al tiempo que canta algunas frases con un vuelo poético sobrecogedor, pero el nerviosismo hace en demasiadas ocasiones mella en su fraseo, echándose de menos concentración y sobrando fuegos artificiales. Tampoco termina de convencer ese carácter lúdico, algo frívolo por momentos, con el que aborda los movimientos extremos de la partitura. Para algunas sensibilidades puede resultar refrescante que su óptica prescinde de densidades para lanzarse sin rubor a lo bullicioso de esta música, pero a la postre termina resultando superficial. (8)


  6. Perianes. Tausk/Sinfónica de Galicia (YouTube, 2022). Pianista apolíneo por naturaleza y vocación, pero no por ello precisamente parco en tensión interna y sentido de los contrastes, el de Nerva hace gala de un fraseo de enorme limpieza y de un toque de asombrosa riqueza –yo diría que la mayor que se ha escuchado en esta página– para ofrecernos una recreación en la que el equilibrio y la belleza sonora se ponen por delante de otras consideraciones. Al menos lo hace así en el Allegro animato, lejos tanto de la serenidad y hondura de un Richter –inalcanzable aquí y en toda la obra– como de la efervescencia de un Thibaudet; la búsqueda de la elegancia y del sabor netamente francés, en cualquier caso, no le impiden ofrecer algunas frases de sublime poesía. Perianes parece cambiar de tercio en el Andante, arrancando con un fuego –controladísimo–, una potencia sonora y un sentido dramático considerables para luego alternar entre pasajes de increíble hermosura en los que hace gala de esa mágica sensibilidad que es marca de la casa con otros en los que los arabescos resultan particularmente encrespados. Sanguíneo a tope –es decir, ortodoxia pura y dura– el Molto allegro conclusivo, pleno de empuje sin caer en la tentación de quedarse lo lúdico– ni perder claridad expositiva, en todo momento excepcional. El holandés Otto Tausk se preocupa más de la globalidad –pulso muy bien sostenido– que del detalle, echándose de menos la claridad de líneas que, por poner un ejemplo, conseguirá Klaus Mäkelä tan solo un año después. En cualquier caso, extrae un formidable partido de la orquesta gallega, que quiere hacer sonar con músculo y no ligera: me parece un acierto. En lo expresivo se muestra muy implicado, moviéndose con convicción entre los distintos ambientes de la partitura; bellísimo su canto en el segundo movimiento, aunque para mi gusto los leves portamentos que incluye son prescindibles. (9)


  7. Rogé. Luisi/Sinfónica de la NHK (YouTube, 2023). Nada menos que cuarenta y cinco años después de su grabación con Dutoit, Pascal Rogé –setenta y dos tacos ya– demuestra seguir siendo un notabilísimo intérprete de la obra, con las mismas virtudes e insuficiencias que en la ocasión anterior. En este sentido, y con todo lo que ha llovido desde entonces, se pueden echar de menos agilidad, variedad en el toque, efervescencia e incluso brillantez, pero también se agradece, y muchísimo, que su fraseo sea cálido, concentrado, efusivo y por completo alejado de frivolidades y nerviosismos varios. Eso sí, el tema “del Nilo” podría estar dicho con mayor emotividad. Luisi se pone al servicio del solista ofreciendo una recreación apolínea, ligera en el mejor de los sentidos, muy bella y dotada de nobleza en el fraseo. Total, la versión opuesta a la de Thibaudet y Nelsons. Imagen problemática, toma sonora irreprochable. (8)


  8. Kantorow. Mäkelä/Orquesta de París (Medici TV, 2023). Dedos finos y larguísimos permiten al joven Alexander Kantorow –veintiseis años– ofrecer una enorme agilidad digital que, junto con una extraordinaria técnica a la hora de regular el sonido en volumen y densidad, se ponen al servicio de una interpretación muy distinta de la de Perianes y Rogé, al tiempo que cercana –sin llegar a sus extremos– a la de Thibaudet. Es decir, efervescencia, incisividad, contrastes marcados y un nervio interno que por momentos se aproxima al nerviosismo, y que en el movimiento conclusivo le hace arrancar de manera excesivamente lúdica –por no decir frívola– para luego ir escorándose a lo meramente virtuosístico. Toca de maravilla, ciertamente, y es difícil resistirse ante su brillantez y comunicatividad, pero entiendo que a esta recreación le falta madurez. Lo mismo puede decirse de Klaus Mäkelä. Algo menos joven que el solista e igualmente bien dotado en la técnica, cosa que demuestra ofreciendo una meridiana clarificación del entramado orquestal, ofrece una lectura que busca y consigue esa sonoridad francesa tan peculiar basada en la ligereza sonora y expresiva, pero a mi entender se pasa de la raya: Fabio Luisi conseguía lo mismo ofreciendo mayor concentración y un fraseo más efusivo. (8)

Réquiem de Mozart en el Villamarta: fue mediocre

No iba a escribir nada sobre el Réquiem de Mozart que se ofreció en el Teatro Villamarta el día 14 de marzo. Total, está muy bien que el aforo se llene, que la gente se acerque a la música y que el coro local cumpla la ilusión de cantar esta obra maestra. Lo que el crítico de turno piense no tiene la más mínima importancia al lado de todo esto. Pero claro, leo la siguiente crítica (?) en Ópera Actual y no puedo dejar de cabrearme. Porque una cosa es lo dicho antes, crear afición, y otra muy distinta poner el listón en lo más bajo. No, en Jerez se debe aspirar a mantener un nivelito. No se puede aplaudir todo como si tuviéramos delante a la Filarmónica de Viena.

Y es que la Filarmónica de Málaga se mostró muy discreta a la hora de hacer justicia a una partitura que exige una depuración sonora muy especial. Lo mismo debo decir de Elena Salvatierra, que dirigió con muy buen gusto pero fue incapaz de mantener el mínimo de tensión exigible: todo sonó plano, aburrido, mortecino. "Un velatorio más que un réquiem", me decía un veterano y experto melómano local. Pues sí. El Coro del Teatro Villamarta, flojo e incluso menos que eso: hubo galimatías en algún momento -creo que fue la fuga del Hosanna-. Mal la soprano, discretos mezzo y barítono. Lo único realmente bueno fue el tenor, de emisión particular -a lo Robert Tear, para que ustedes me entiendan- pero muy firme, valiente y con clase.

Total, un muermo considerable. Seguirá pareciéndome bien que se hagan cosas así, pero no que se le tome el pelo al personal presentando como bueno algo abiertamente mediocre.

sábado, 29 de marzo de 2025

El pájaro de fuego, de Stravinsky: discografía comparada del ballet completo

Aun sin entusiasmarme hasta el punto en que lo hacen Petrushka y La consagración de la primavera, prodigios de inventiva y personalidad que aún mantienen toda su frescura, El pájaro de Fuego me parece una maravilla. ¿Que al propio Igor Stravinsky no le terminaba de convencer y prefería sus tres suites? Pues vale, pero a mí me parece que la versión íntegra es preferible. Hay mucha, muchísima belleza en ella como para dejar cosas en el camino.

La interpretación musical, como ya dije en una entrada anterior, puede discurrir por tres senderos. El de Stravinsky en su faceta de director es el que han seguido más maestros: aristas, aspereza y mirar hacia sus dos siguientes ballets. Otro consiste en atender a la deuda más que evidente con la música rusa anterior, particularmente con su maestro Rimsky-Korsavok. Aún queda otra opción, que es la de buscar paralelismos con el mundo impresionista francés, aún en plena ebullición allá por su estreno en la Ópera de París en 1910. Ni que decir tiene que la mayoría de los maestros suelen tirar en una dirección o en otra, aunque hay quienes han intentado alcanzar una síntesis entre las citadas posibilidades. El oyente no debe renunciar a ninguna de ellas si quiere comprender todo lo que entierra esta música, así que ahí va una lista que puede servir de ayuda.

Dos cosas antes de seguir. Primera, que no se haga mucho caso de las puntuaciones del uno al diez. Por ejemplo, ¿por qué he puesto un ocho a Boulez Nueva York y un diez a este mismo maestro con Chicago, si aun siendo muy distintas están casi igual de bien dirigidas? Pues por la orquesta, pero bien podía subir al nueve a la primera por lo atractivo de su enfoque y bajar un punto a la segunda por su relativa frialdad. Insisto, no se lo tomen muy en serio. Segunda, hay muchas grabaciones que se me han quedado en el tintero: las dos de Haitink, las tres de Salonen, la primera de Ansermet, la segunda de Dorati, la de Litton, la de Nelsons, la dos de Roth... Otra vez será.


1. Dorati/Sinfónica de Londres (Mercury, 1959). Esta interpretación, que suena estupendamente para la época, goza de un enorme prestigio. Sin ir más lejos, es una de las tres grabaciones –las otras las protagonizan Ansermet, Salonen y Boulez– que Santiago Martín califica de referenciales en su magnífica monografía sobre Igor Stravinsky publicada dentro de las Guías Scherzo. A mí me parece que no hay para tanto. Cierto es que la interpretación, de tempi rápidos y fraseo muy ágil, posee una frescura, un nervio y una incisividad que la hacen muy atractiva y, mirando hacia el futuro mucho antes que al pasado de la música rusa al que esta partitura tanto debe, anticipan el mundo efervescente, anguloso y gamberro de Petrushka; incluso por momentos parece que estamos escuchando pre-ecos de Le Sacre. Pero el maestro de Budapest –cincuenta y tres años por aquel entonces– se queda bastante corto en sensualidad, en atmósfera y en evocación poética, como también en grandeza cuando llega la coda final. Tampoco la London Symphony era por entonces la formidable máquina que es ahora, ni la batuta posee ese refinamiento y esa depuración sonoras que otros maestros han demostrado en tiempos más recientes al acercarse a la misma página; incluso la Danza infernal resulta un poco chapucera, para qué vamos a engañarnos. (8)

2. Stravinsky/Sinfónica de Columbia (Sony, 1961). Este registro conserva el incuestionable interés de saber cómo quería Don Igor, o al menos cómo quería a sus ochenta años, que se interpretara el Pájaro. La respuesta es sencilla: rapidito y con mucha incisividad, subrayando aristas, optando a veces por la sequedad –recortados, ásperos y nada grandiosos acordes en el final– y alejándose todo lo posible de referentes románticos o impresionistas para mirar a lo que él mismo haría en el futuro. Por tanto, este testimonio es de imprescindible conocimiento. Quien pretenda encontrar sensualidad, misterio y poesía, o quien desee analizar con perfecta claridad todo el entramado orquestal, que busque en otra parte. (7)


3. Ansermet/New Philharmonia (Decca, 1968). Si no me fallan los datos, esta fue la última grabación que realizó en su vida el maestro suizo. Las circunstancias fueron muy diferentes a las de la mayor parte de su discografía: en vez del Victoria Hall de Ginebra, el Kingsway Hall de Londres con la formidable ingeniería de Kenneth Wilkinson, y en lugar de su Orchestre de la Suisse Romande, nada menos que la New Philharmonia. Y ahí está el gran morbo del asunto. ¿Cómo sonaría en manos del maestro suizo la orquesta de Klemperer? Respuesta: de manera muy distinta, por no decir opuesta. Porque Ansermet, cuya técnica superlativa queda aquí –y en el disco complementario de los ensayos- muy en evidencia, sustituye la incisividad y el granito del maestro de Breslau –también la aspereza bien entendida de Barbirolli– por puro terciopelo dentro de la más ortodoxa tradición francesa. Ideal para ofrecer una lectura lenta, llena de atmósfera, mucho más interesada por lo que el cuento tiene de misterio, de perfume oriental, de evanescencia y hasta de ternura que por la narración teatral, la asperezas y los contrastes. Vamos, todo lo contrario de lo que hizo el propio Igor Stravinski en su registro de 1961. ¿Hizo mal Ansermet? Yo creo que en absoluto: esta música debe muchísimo a la tradición rusa y también puede interpretarse de esta forma. (9)


4. Ozawa/Orquesta de París (EMI, 1973). Enorme sorpresa esta lectura, pues de la combinación de la batuta curvilínea y elegante del maestro oriental con la sonoridad de particular sensualidad francesa de la orquesta parisina podría esperarse una mirada desde el impresionismo. Pues no. Sin menoscabo de que el tratamiento orquestal sea de enorme depuración sonora, es la del joven Ozawa una recreación rápida, incisiva en la tímbrica y de marcado carácter narrativo. Ni “romántica” ni “expresionista”: teatral. Y dicha con enorme convicción expresiva, sin espacio para la blandura o el efectismo. Se podrá echar de menos más misterio en el arranque, o mayor magia poética en la canción de cuna, pero globalmente el resultado es muy alto nivel, y una opción muy interesante para quienes se acercan por primera vez a la obra: es una de las interpretaciones, junto con las muy posteriores de Dudamel en Salzburgo y de Mäkelä con esta misma orquesta parisina, que mejor narra la historia. La toma posee una amplia gama dinámica, pero la ausencia de graves es una importantísima limitación, también en el SACD de Esoteric. ¡Lástima que no se recupere la cuadrafonía original! (9)


5. Boulez/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1975). Esta interpretación, la primera de las cinco que nos ha dejado Boulez del ballet completo, es muy distinta de las posteriores. Por supuesto que ya encontramos aquí el alejamiento del lenguaje “romántico” esperable en el maestro francés, como también esa espectacular radiografía sonora que le caracterizaba: admirable, en este sentido, el trabajo con una New York Philharmonic a las que les realiza exigencias mucho mayores que las de Bernstein cuando aquel era titular. Sin embargo, lo cierto es que los tempi son relativamente rápidos (44’04’’), las sonoridades angulosas e incisivas, la teatralidad elevada y la inmediatez expresiva considerable, todo ello en una lectura que, como las demás hasta aquella fecha con la excepción de Ansermet, se decanta por apuntar hacia el Stravinsky aristado: tremenda la entrada en el palacio de Kachei. La toma no es mala, pero al realizarse a volumen alto pierde en gama dinámica. (8)


6. Colin Davis/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1978). Entrando en la madurez interpretativa a sus cincuenta y un años, el maestro británico –aún sin ser nombrado caballero– se enfrenta de manera directa a la grabación del propio Stravinsky. Los tempi son relativamente lentos. La sonoridad es cálida y suntuosa. La atmósfera se encuentra cargada –soberbia la introducción–. Las melodías vuelan con amplitud y un carácter muy evocador. La tímbrica es variada, sensual y no muy amiga de las aristas. La narración se sustituye por la evocación. Nunca ha sonado esta música tan cerca de Sheherezade. ¿Discutible? Mucho, por la unilateralidad del concepto, aunque no se piensen ustedes que se trata de una recreación blanda: la Danza infernal, magnífica, posee toda la fuerza requerida, aunque está claro que el maestro prefiere recrearse en la Berceuse. La formación holandesa deja clara su proverbial maleabilidad bajo una batuta que la trata con enorme elegancia, destilando belleza bien recogida por una toma de alto nivel. (8)


7. Dohnányi/Filarmónica de Viena (Decca, 1979). El maestro berlinés es uno de los que más se arriesgan a interpretar esta página, y quizá el que se aproxima en mayor manera al Stravinsky posterior. Ni atmósfera, ni sensualidad, ni carácter narrativo. Lo que nos encontramos es una recreación angulosa, afiladísima, muy incisiva en la tímbrica y de un enorme sentido del ritmo en la que, lejos de detenerse ante los aspectos narrativos y poéticos de la página, se adopta una óptica abstracta que pone de relieve los aspectos más avanzados de la escritura. Ello no impide a la batuta frasear con enorme elegancia, trabajar con extrema minuciosidad los detalles y ofrecer una Berceuse particularmente lenta y concentrada. Aunque pudiera parecer lo contrario, la Filarmónica de Viena se muestra ideal para el concepto de Dohnányi. Excelente toma digital realizada en la Sofiensaal de la capital austriaca, aunque le falta un poco de gama dinámica. (9)


8. Ozawa/Sinfónica de Boston (EMI, 1983). Punto de inflexión en la discografía: en lugar de buscar la herencia de la tradición rusa o, por el contrario, de mirar hacia adelante y anticipar lo que llegará poco después, lo que hace el maestro oriental es subrayar los paralelismos con el universo impresionista, ofreciendo por ende una lectura sensual y curvilínea, un punto aérea en su sonoridad, de un colorismo muy refinado –increíble la orquesta bostoniana, la más francesa de entre las norteamericanas-, muy atenta al misterio y más sugerente que propiamente narrativa, lo que no le impide resultar incisiva y bulliciosa cuando debe –magnífico el juego de las princesas con las manzanas de oro– ni desatar grandes explosiones en la Danza infernal. Lo peor es la toma sonora, seca y plana, cortesía del equipo formado por el productor Suvi Raj Grubb y el ingeniero de sonido Christopher Parker. (9)


9. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1984). Toma sonora sensacional para una interpretación que opta claramente por abordar la obra como un cuento naif, lleno de inocencia y de delicadeza –quizá en exceso–, mirando sin complejos a la música rusa del pasado inmediato para desplegar sonoridades exóticas y refinadas de enorme sugestión tímbrica. Eso sí, no siempre dotadas de la suficiente emotividad: escúchese por ejemplo la Berceuse, tratada con asombrosa nitidez en las texturas sin resultar del todo poética. O el final, brillante pero sin la suficiente grandeza. En cualquier caso, el fino olfato de Dutoit y su virtuosística batuta garantizan resultados de alto nivel. (9)

10. Nagano/Sinfónica de Londres (Virgin, 1991-92). Lectura que destaca por su elevado sentido del color y de las texturas, así como por su batuta al mismo tiempo afilada y elegante, analítica al tiempo que poética, también un punto distanciada. En cierto modo puede relacionarse con lo que va a hacer el Boulez tardío, aunque en su elegancia “oriental” recuerda a Ozawa. La toma sonora, muy baja, posee una elevadísima gama dinámica. (9)


11. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1992). Este es otro Boulez. Más lento (46’09’’), menos inmediato, mucho más hermético. No se interesa por la herencia romántica, ni por los parentescos impresionistas. Tampoco le preocupa, al contrario que en su registro anterior, mirar al futuro. Lo suyo es el análisis puro y duro: de timbres, de texturas, de ritmos. Y también de melodías, magníficamente cantadas. Todo ello expuesto con la depuración sonora más perfecta que se pueda imaginar, en absoluta sintonía con una orquesta insuperable, amén de muy controlada para evitar cualquier exceso. Al arranque, al igual que en Nueva York más rápido de la cuenta, le falta misterio. El final, sin embargo, esta vez es muchísimo mejor, de imponente grandeza sin rastro de pesadez o exhibicionismo. Todo lo demás, siempre en la línea objetiva impuesta por el maestro, es de un gusto exquisito y no deja de ofrecer delicadeza y poesía cuando es necesario. Toma sonora de espectacular gama dinámica y estupendos graves. (10)

12. Robert Craft/Philharmonia (Naxos, 1996). La carátula reza que se trata de la primera grabación mundial de la versión original de 1910, sin retoques. Bueno. Lo interesante es que, siendo confidente y colaborador de Stravinsky, el estadounidense obvia los aspectos más incisivos de esta música que tanto le interesaban al compositor en su faceta de intérprete para mirar tanto al pasado ruso como a la contemporaneidad francesa, ofreciendo una lectura muy lírica y evocadora, por momentos de una extraordinaria sensualidad –Ronda de las princesas, un tema tomado de Rimsky– delicada sin amaneramientos y no exenta de animación ni de sentido narrativo, a la que por desgracia le falta garra en la Danza infernal, poesía la canción de cuna y, sobre todo, grandeza en un final algo precipitado. La orquesta, por entonces sin titular –entre Sinopoli y Dohnányi se encontraba– no parece encontrarse en su mejor momento. En SACD la toma ofrece carnosidad y relieve, sin toda la claridad deseable. (8)


13. Tilson Thomas/San Francisco (RCA, 1998). El maestro norteamericano deja bien clara su habitual sintonía con el compositor ofreciéndonos una interpretación al mismo tiempo elegante, refinada y teatral, con garra dramática, de elevadísimo sentido del color y de las texturas, que en su fraseo incisivo y con nervio mira claramente hacia el Stravinsky posterior. Dentro de este elevado nivel, hay algunos pasajes que podían estar mejor resueltos, como una Canción de cuna que pierde el pulso en exceso o un final no muy convincente. (8)

 

 

14. Gergiev/Filarmónica de Viena (DVD TDK, 2000). Notable interpretación caracterizada por su fraseo nervioso, su tímbrica incisiva y, sobre todo, por su vitalidad, garra y maravilloso carácter narrativo. Por desgracia, y como era de esperar, Gergiev no se para a matizar mucho en lo expresivo, se interesa poco por la sensualidad que desprende la obra y se muestra poco concentrado cuando debe, por lo que se pierde tanto en atmósfera como en lirismo. También hay, aunque en momentos contados, algún detalle de brutalidad marca de la casa. (8)


15. Boulez/Sinfónica de Chicago (DVD TDK, 2000). No se aprecian diferencias sustanciales con respecto al audio ocho años anterior. Sigue faltando un poco de misterio en la introducción y, en general, de sensualidad y de magia poética, pero a cambio tenemos una arquitectura perfecta, una depuración sonora extrema, un sentido del ritmo admirable y una capacidad de análisis realmente insuperables; el juego de las princesas con las manzanas de oro, la Danza infernal y el final alcanza un portentoso nivel. La gran ventaja aquí es ver además de escuchar, pese a que la realización visual no es la mejor posible: se ve demasiado a Boulez y poco a la orquesta. La imagen, eso sí, es estupenda para un DVD, y portentosa la toma sonora pese a que el surround no es auténtico. (10)


16. Boulez/Filarmónica de Viena (DVD CMajor, 2008). Otra vez Boulez en su línea “de madurez”. Otra vez, sí, pero todavía mejor que antes: a la depuración sonora, claridad, sentido del ritmo y elegancia de sus grabaciones con los chicagoers añade ahora una mayor dosis de “emoción”, no a la manera efervescente y teatral de su ya antiguo registro en Nueva York, sino añadiendo una dosis no pequeña de sensualidad, de poesía –memorable Ronda de las princesas– e incluso de atención a los aspectos impresionistas de la página. Todo ello, beneficiándose de una increíble orquesta que sabe sonar tanto incisiva como “francesa”, en perfecta complicidad con unos primeros atriles que aportan enorme musicalidad, y dentro de una arquitectura soberbiamente planificada en su discurso horizontal hasta alcanzar un final brillante y grandioso sin rastro de ampulosidad. La acústica es algo rara, pero se beneficia del surround. (10)


17. Gergiev/Orquesta del Mariinsky (DVD Bel Air, 2008). Gergiev dirige de manera muy vistosa, con elevado sentido teatral y contagioso dinamismo, haciendo además gala de un rico sentido del color que atiende tanto a lo sensual como a lo incisivo, pero pasa aprisa y corriendo sobre los aspectos líricos, melódicos y evocadores de la partitura, fraseando de manera rutinaria y sin delectación. Muy mal la Danza infernal, donde no solo se muestra bruto, sino que además incurre en la blandura en su segmento lírico. Interesante la coreografía original de Fokin; hay belleza en escenografía y vestuario. (6)

18. Boulez/Orquesta de París (DVD Idéale y Medici TV, 2008). En diciembre de 2008 el maestro baja a la pirámide del Museo del Louvre para ofrecer ante dos mil personas, sentadas en el suelo, su última recreación de la obra. No hay novedad con respecto a la filmación salzburguesa de unos meses atrás, salvo puntualizar que la Orquesta de París, sin ser Viena, resulta idónea para explorar las conexiones de la partitura con el universo impresionista. La filmación de Andy Sommers es menor mareante de lo previsible y saca un admirable provecho de la espectacularidad del recinto. Lástima que la toma deje que desear. (10)

19. Dudamel/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 2013). El maestro venezolano ofrece una recreación de trazo curvilíneo, colores pastel, embriagadora atmósfera y delicadísima poesía que se olvida de los aspectos más visionarios de esta música y subraya lo que tiene de feérico, incluso de naif, y entregándose por completo a lo amoroso en una Ronda de las princesas tierna y emotiva como jamás se haya escuchado. Siendo el trazo muy fino, se podrá echar de menos la increíble depuración sonora de un Boulez, así como el sentido de la incisividad que ofrecía el maestro francés, pero en su línea esta recreación es prodigiosa. Una toma particularmente atmosférica resta aristas y añade sensualidad a esta interpretación. El sonido en Atmos es portentoso, pero a medio camino el volumen baja y pasajes decisivos como la Danza infernal o el final pierden fuerza. Qué cosas. (9)

20. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). Nunca maestro personal, en el sentido de que renuncia a visiones subjetivas o excesivamente unilaterales, Sir Simon ofrece una muy notable labor “de síntesis” en la que se dan de la mano la magia feérica, la sensualidad, la garra teatral el sentido de la narración y -también- la agresividad aquí imprescindible en determinados momentos, todo ello haciendo gala un impresionante dominio de una batuta con la que trabaja de maravilla a la orquesta. Extrañamente, en los momentos más líricos evidencia una cierta falta de concentración, incluso de vuelo poético, mientras que la Danza infernal acaba con algo de barullo y el Finale no es todo lo grandioso que debería ser. En contrapartida, los primeros atriles berlineses se implican con una expresividad probablemente más intensa y acertada que los de cualquier otra orquesta que haya abordado esta obra. (8)


21. Morlot/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2017). Ya sé que resulta un tópico, pero esta vez es verdad: director francés, versión francesa. Al menos hasta cierto punto. La sensualidad en el fraseo y la tímbrica se ponen en primer plano, el colorido se difumina –aunque hay aristas cuando son necesarias-, el fraseo es curvilíneo y la elegancia se impone dentro de una visión marcadamente feérica, de refinadísima poesía, sin perder por ello sentido narrativo. Falta quizá un poco de personalidad, o al menos de variedad en la expresión, como también un trabajo con las texturas que, siendo de muy considerable calidad, no alcanza el virtuosismo un Boulez o –como veremos– Kirill Petrenko con esta misma orquesta, pero esas relativas insuficiencias las compensan unos primeros atriles que, siempre en sintonía con la opción de la batuta, vuelven a dar una lección de virtuosismo y sensibilidad expresiva. (8)


22. Dudamel/Filarmónica de Viena (Vienna Philharmonic Records, 2020). Esta grabación en vivo en el Festival de Salzburgo, técnicamente soberbia (¡qué relieve alcanza la percusión!), permite a Dudamel ofrecernos una visión distinta a la suya siete años anterior en Los Ángeles. Ahora se interesa menos por la sensualidad, por la atmósfera y por la paleta impresionista para decantarse por una tímbrica más incisiva, una mayor vivacidad en la exposición y, desde luego, un carácter narrativo mucho más marcado. La frescura, la riqueza en el color y la inmediatez expresivas se ponen, de esta forma, por encima de otras consideraciones. Lo interesante es que todo ello lo consigue sin perder un ápice de elegancia, de refinamiento y de finura en el trazo, también de ternura y de elevación poética, y obteniendo de la Wiener Philharmoniker una respuesta casi tan espectacular como la que conseguía Boulez. El resultado, una de más atractivas interpretaciones recogidas en disco, pero con un reparo: la edición es limitada y cara. ¿Solución? Apuntarse a la plataforma se streaming Symphony y ver la versión en vídeo, que además viene con sonido 5.1. (10)

23. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Blu-ray y Digital Concert Hall, 2021). Después de las increíbles radiografías realizadas por Boulez, parecía imposible ir más allá en lo que a claridad, exactitud y depuración sonora se refiere. La formación berlinesa y la increíble técnica de batuta de su titular igualan semejantes logros, y se diría incluso que los superan en riqueza del color y en sensibilidad para las texturas. Otra cosa es la interpretación propiamente dicha: Petrenko se muestra animado, narrativo a la par que elegante, e incluso sabe atender al sentido del humor, pero cuando se trata de destilar misterio –el arranque, sobre todo–, sensualidad y vuelo lírico, se queda bastante corto. ¿Cómo le ocurrió a Dudamel en Salzburgo? No, no es mismo. El venezolano no resultaba soso en absoluto, antes lo contrario, pero este señor sí. El final, como Morlot con la misma orquesta cuatro años atrás, lo plantea como le gustaba hacerlo al propio Stravinsky: cuadriculado y restando grandeza. (8)


24. Mäkelä/Orquesta de París (Decca, 2022). Sin llegar al grado extremo de claridad y depuración sonora que consiguieron Boulez y Petrenko, el maestro finlandés se le acerca muchísimo en este sentido y añade un sentido del color más rico, mayor variedad expresiva y –sobre todo– un sentido teatral considerablemente más desarrollado. La recreación de Mäkelä sabe ser al mismo tiempo sinfonismo puro y ballet puro. Ese es el milagro: encontramos una radiografía maravillosa de la escritura orquestal, fascinante paleta tímbrica y sentido de la brillantez en su justa medida, pero también mucha, muchísima narración, todo ello expuesto con un sentido del matiz expresivo fuera de serie. Ayuda una toma de lujo que sabe situar los micrófonos cerca para que no se pierda un detalle, pero ahí hay detrás un soberbio trabajo tanto técnico como expresivo formidable que demuestra que nos encontramos ante un director de enorme potencial y, no vayamos a dejarla en segundo lugar, ante una Orquesta de París que se encuentra en el mejor momento de su historia. ¿Algún reparo? El final lo encuentro demasiado rápido: me hubiera gustado más solemne. (10)

 

25. Mäkelä/Orquesta de París (Medici TV, 2024). En marzo de 2024 Klaus Mäkelä y los de París ofrecen un concierto en el Carnegie Hall con al mismo programa Stravinsky de su disco dos años anterior. El Pájaro recibe una interpretación de nuevo sensacional, pero da la impresión de que no llega a la increíble altura del audio. Quizá la razón se encuentre en la toma, mucho menos buena: es posible que los ingenieros de Decca fueran en no pequeña medida responsables de la increíble calidad de aquel registro. El final vuelve a ser algo apresurado. En cualquier caso, se agradece muchísimo disfrutar con imágenes de esta recreación llena de inmediatez y sensualidad. (9)

Sinfonía en tres movimientos, de Stravinsky: discografía comparada

La Wikipedia, aunque en inglés, deja ciertas cosas bien claras ( enlace al texto original ): Stravinsky, que rara vez reconocía inspiracione...